Sutil esbozo de momentos ahogados, que se expanden en todo tiempo real o imaginario, caen del árbol del alma, mientras que cuerpo y mente miran las rasgaduras de una vída pasada; sales que eran cataratas incontrolables que vestían ropas de niño aventurero, llenas de tierra y emociones desorbitadas, cometas de un mundo interno infinito, ahora se condensan en un globo de agua, singular por su unicidad, que acaricia mi piel lentamente, generando la misma sensación que el apoyar de la mano de ese niño sobre su pierna lastimada. Es que ya ese niño, hijo del paso del tiempo, aprende que cada lágrima contiene toda su experiencia pasada y que tal vez por eso ahora estas se hayan reducido en una sola marea espesa, sabiéndose poseedora de todas, acaparando en sí todos sus recuerdos.
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